Henry P. Pizarro

La tumba que llevaba mi nombre

La tumba que llevaba mi nombre

 

Era un día nublado.

De esos en los que el cielo parece recordar algo que nadie más recuerda.

Te vi a lo lejos.

Permanecías inmóvil, tan distante que parecías pertenecer a una estrella olvidada.

El viento deshacía tu cabello con la delicadeza de quien hojea una carta antigua. Por un instante tuve la absurda certeza de que la muerte había olvidado tu nombre.

Entonces comenzó a llover.

No era una lluvia cualquiera.

Cada gota caía despacio, como una palabra pronunciada por alguien que se despide sin hacer ruido.

El cielo entero parecía recitar un poema.

Y la lluvia...

la lluvia terminó convirtiéndose en una vieja orquesta fúnebre.

Quise acercarme.

Pero tu figura empezó a deshacerse entre el agua, igual que un reflejo cuando un río aprende a temblar.

Comprendí que solo eras un espejismo.

Una de esas ilusiones que la tristeza inventa para no sentirse tan sola.

Aun así, fui al cementerio.

Necesitaba contarte que, por un instante, el mundo había cometido el milagro de devolverte.

Llegué hasta tu sepulcro.

Las flores seguían inclinándose con el peso de la lluvia.

Pronuncié tu nombre.

Esperé.

Como si el silencio pudiera responder.

Entonces lo vi.

Junto a tu tumba estaba la mía.

No sentí miedo.

Solo una extraña calma.

Leí mi nombre una y otra vez, esperando descubrir un error que nunca apareció.

Levanté la mirada.

Tú seguías allí.

Sonriendo como siempre.

Como si hubieras sabido, desde el principio, algo que yo apenas comenzaba a comprender.

Intenté recordar cómo había llegado hasta ese lugar.

Lo intenté una y otra vez.

Pero la memoria se volvió lluvia.

Y la lluvia...

siempre encuentra la forma de borrar sus propios pasos.

Ojalá pudiera recordar

qué pasó después.

 

Derechos Reservados 22/07/2026

Henry P. Pizarro