Roberto Hernandez Alvarez

EL ROBO

Dicen que el primer amor llega para enseñarte a vivir.
Mienten.
El primero llega para enseñarte a morir.
No a la muerte del cuerpo, esa es sencilla.
Hablo de la otra: la que desgarra las certezas, la que incendia los futuros imaginados, la que deja de pie a un hombre sin saber quién es cuando la persona que amaba ya no está.
Yo también creí que amar era entregarse.
Que cuanto más doliera, más verdadero sería.
Que la renuncia era el idioma de los enamorados.
Qué ingenuo.
Amaba tanto a otro que olvidé pronunciar mi propio nombre.
Entonces llegó el adiós.
Y con él la pregunta más cruel que un corazón puede hacerse:
¿Quién era yo antes de necesitarte?
Busqué respuestas en la filosofía, en la psicología, en la espiritualidad, en las noches sin sueño y en los amaneceres que parecían no perdonar.
Pero ninguna respuesta tenía tu rostro.
Todas tenían el mío.
Comprendí, después de incontables lágrimas, que el dolor no nacía de tu ausencia.
Nacía de las historias que había escrito sobre nosotros sin preguntarle a la realidad si quería protagonizarlas.
No extrañaba solo a una mujer.
Extrañaba al hombre que imaginé ser a su lado.
No lloraba un presente.
Lloraba un futuro que nunca existió.
Y fue entonces cuando entendí que el apego es el arte de confundir el deseo con el destino.
Qué peligrosa es la mente.
Convierte una posibilidad en una promesa.
Una compañía en una necesidad.
Un beso en una identidad.
Hasta que un día la vida, sin pedir permiso, rompe el espejo.
Y descubres que nunca perdiste el amor.
Perdiste la ilusión de que alguien más debía sostener tu universo.
Hoy sigo creyendo en el amor.
Pero ya no lo convierto en un altar.
Ya no pongo a nadie por encima del hombre que debo mirar al espejo cada mañana.
Porque quien no sabe amarse, ama desde el miedo.
Y quien ama desde el miedo, confunde abrazar con aferrarse.
Ahora lo entiendo.
El amor jamás vino a regalarme una persona.
Vino a arrancarme las falsas creencias que me impedían conocerme.
Y por eso, si alguien me pregunta qué fue de mi primer amor,
responderé sin tristeza:
No se llevó mi felicidad.
Se llevó mis ilusiones.
Y fue el mejor robo que la vida pudo hacerme.