Quinteros Fabian

UN HOMBRE INVISIBLE

           UN HOMBRE INVISIBLE

 

  Infectado de invisibilidad, caminó durante años entre la multitud sin que nadie detuviera la mirada en sus ojos.

   Su voz existía, pero llegaba al mundo como un eco perdido, ahogado entre las urgencias de otros. Cargó responsabilidades que le doblaron la espalda y heridas que jamás encontraron refugio. 

   El frío de la indiferencia marchitó los sueños que alguna vez sembró con fe.

   Por las noches le hablaba a la luna, no porque creyera en respuestas, sino porque era la única que parecía escuchar.

    Le confesaba sus derrotas, los perdones que nunca llegaron, las despedidas que quedaron suspendidas en el aire. Soñaba con ser lobo para aullar su dolor sin vergüenza, para romper el silencio que lo consumía.

   Fue un hombre hecho de ausencias:

          Un espectador obligado a mirar cómo la vida ocurría para los demás. Mientras otros escribían historias, él habitaba los borradores olvidados. 

   Nadie pronunciaba su nombre con necesidad; nadie advertía que cada amanecer lo encontraba reconstruyendo pedazos de sí mismo.

    En su pecho guardaba un jardín de escarcha:

      Allí crecían los mapas de los lugares donde quiso quedarse, los abrazos que no regresaron y las promesas convertidas en ceniza. 

   Conocía el peso exacto de la soledad, ese idioma que sólo aprenden quienes han esperado demasiado.

   A veces creyó tocar la felicidad:

    La sintió breve, como la lluvia tibia sobre las manos abiertas. 

    Pero cada gota se escapó entre sus dedos:

    Todo aquello que amó terminó alejándose, y él quedó observando cómo el horizonte se tragaba los últimos rastros de luz.

    Las puertas se cerraban antes de que pudiera cruzarlas.

   Los caminos se transformaban en laberintos, y aun así, seguía sonriendo, ocultando el cansancio detrás de un gesto amable. Nadie veía las grietas, nadie escuchaba el ruido de su corazón rompiéndose en silencio.

   Con el paso de los años comprendió que existía en un territorio extraño: Demasiado vivo para rendirse, demasiado herido para continuar igual. Entonces escribió su historia sobre la memoria, usando la tinta invisible de sus lágrimas, dejando constancia de todo aquello que jamás pudo decir.

    Hoy es apenas el vaho que empaña una ventana en invierno, un hombre que se confunde con el viento de las calles y con las sombras del atardecer. 

   Sin embargo, algunas noches, cuando el mundo calla, cree escuchar que alguien intenta pronunciar su nombre.

   Y mientras contempla las ruinas de sus esperanzas, eleva una última oración hacia el cielo:

    \"No estamos muertos, solamente estamos solos.\"

    Después de un largo silencio, con el alma cansada de esperar, vuelve a preguntarse:

         \"La esperanza nunca muere ¿Pero qué hay de nosotros?\"