Un día te dices: ¡vamos!
Empiezas a dar patadas a farolas,
derribas bloques de pisos de barrio,
arrancas alquitrán, asfalto.
Te construyes un hogar, un huerto;
convives con tus perros, gatos;
alguna oveja, vaca, frutales.
Respiras un tiempo el mundo real.
Vas envejeciendo. Lentamente, vas
enroscándote, te refugias en un rincón
de aquello construido mientras, a lo lejos,
ves cómo encienden farolas nuevas,
y crecen nuevos bloques de pisos,
y calles, asfaltos, gentes. Se acerca
el fin. Solo esperas que te dé tiempo
a vivir lo justo antes de que todo
vuelva a ser como antes de aquel día
en el que te dijiste: ¡vamos!