No crucé la puerta.
Fue la puerta
la que dejó de existir.
Ahora camino
con un pie en la sombra
y mi mano aferrada
a la antorcha que avivo
con mis memorias,
con todo aquello
que mi voz todavía no puede decir.
Veo cómo el fuego arde
y transforma
mi escritura,
que desde lejos me ilumina.
Pero si me acerco,
aún quema
la herida.