Luisa Arciniegas

Umbral

No crucé la puerta.

Fue la puerta

la que dejó de existir.

 

Ahora camino

con un pie en la sombra

y mi mano aferrada

a la antorcha que avivo

con mis memorias,

con todo aquello

que mi voz todavía no puede decir.

 

Veo cómo el fuego arde

y transforma

mi escritura,

que desde lejos me ilumina.

 

Pero si me acerco,

aún quema

la herida.