Añoro aquel sueño, cuento mágico,
aquellas fiestas del mundo ostentoso,
donde una sencilla y tímida niña,
con ilusión, aguardaba y con gozo.
Los elogios que, con galantería,
su principito decía con encanto,
y las miradas que los dos fundían,
cada uno del salón a un lado.
Después de la cena, el pausado baile,
que servía como excusa a su abrazo,
huía de la multitud y el gentío,
y buscaba el calor de su regazo.
Termina la noche, está amaneciendo,
los amantes se despiden sin beso,
pero se llevan algo más valioso:
un corazón de esperanza lleno.