El amor no nace por sí solo,
no crece por sí solo,
no florece por sí solo...
Es tierra que se abre con las manos,
semilla que se siembra en el invierno,
riego que no promete tempestades,
sino paciencia de hilo eterno.
Es raíz que busca en la grieta,
sol que se aprende a mirar de frente,
viento que no empuja, que acaricia,
y noche que acepta ser clemente.
No es luz que cae sin motivo,
ni fruto que cae sin árbol.
Es dos sombras que danzan un ritmo
y deciden quedarse en el aire.
Porque el amor no es un milagro:
es un pacto de fuego y de calma,
un oficio de todos los días,
un verbo que se escribe en el alma.