Cayendo lentamente en el olvido,
se apaga la memoria de tus ojos,
dejando entre las sombras los despojos
de un tiempo que vivimos compartido.
El pecho se ha quedado desvalido,
las horas se vistieron de cerrojos,
y brotan del silencio los abrojos
del eco de tu nombre ya perdido.
El alma no concibe la distancia,
ni acepta que la luz se vuelva fría
pues el tiempo no apaga tu prestancia.
Se extingue con dolor la cercanía
de lo que fue una dulce y tierna estancia,
y solo queda un eco en la agonía.