Cultos secretos del poema
En el umbral del silencio, donde la palabra se esconde,
se reúne el culto de las sílabas dormidas.
Allí, en el recinto oscuro que el alma ha fundido,
los versos esperan, vestidos de sombra y de oro escondido.
El poeta es el sacerdote que conoce el rito antiguo,
que sabe abrir la puerta donde el misterio habita.
El papel es el altar donde el verso se agita,
la tinta es el incienso que el viento ha llevado y ha guardado.
Hay ritos de madrugada, cuando el mundo duerme aún,
donde el poema se consagra con el aliento del alba.
Hay ceremonias de noche, bajo la luna llena y su plan,
donde las palabras bailan en círculos sagrados y sin falba.
Se ofrecen suspiros como ofrenda al vacío,
se entregan lágrimas como néctar al verso.
Se planta cada letra en el suelo del deseo,
se riega con recuerdos hasta que el sentido surge y se aprecio.
En el santuario oculto de la mente creadora,
se guardan los símbolos que solo el verso entiende.
Hay signos grabados en el corazón, fuera de toda lectura,
que el poema descifra con su lengua extendida y tendida.
Se canta al eco que vive en cada sílaba,
se adora al espacio que entre las palabras yace.
Se rinde culto al silencio que hace al verso hablaba,
se venera al misterio que nunca deja de dar y de darte.
Hay iniciaciones secretas para quien quiera entrar,
donde el alma se desnuda ante el poder de la palabra.
Se aprende a escuchar lo que el viento trae y a guardar,
se enseña a ver lo que los ojos no alcanzan a saber.
El poema es el oráculo que habla en sueños y en vigilia,
que revela verdades ocultas bajo su manto de letras.
El poeta es el discípulo que nunca deja de aprender la diligencia,
que busca en cada verso la clave de los secretos mayores.
Así son los cultos secretos que el poema guarda,
rituales de amor entre el alma y la palabra.
Nadie puede entrar si no lleva en el pecho la llama ardiente,
ni entender su misterio si no abre la mente y la siente.