El escriba de la penumbra

Donde la luz olvidó mi nombre

Hoy comprendí que mi alma, hace mucho tiempo, dejó de vibrar en la misma frecuencia que el universo. Sin advertirlo, me desarmonizé con la noche y con el amanecer; dejé de escuchar el lenguaje secreto del alba y el susurro sagrado del crepúsculo. El día dejó de abrazarme y la oscuridad terminó por reconocerme como uno de los suyos.

También me alejé del viento, que antes pronunciaba mi nombre con ternura; del mar, que alguna vez lavó mis heridas sin hacer preguntas; de los árboles que hablaban en silencio y del cielo que aún creía en mis sueños.

Poco a poco dejé de pertenecer a la vida… y la vida dejó de pertenecerme.

Ahora camino por el sótano del infierno, un lugar donde el tiempo agoniza y la esperanza jamás aprendió a nacer. Mis pasos resuenan entre corredores infinitos de sombras, mientras los demonios marchan detrás de mí con la paciencia de quienes saben que ya no necesito cadenas, porque aprendí a cargar las mías.

Cada noche susurran mis culpas, alimentan mis miedos y beben lentamente de los restos de mi alma. Ya no necesito cerrar los ojos para encontrar la oscuridad; ella habita en mí como un huésped eterno.

He olvidado por qué sigo caminando en este mundo.

He gritado hasta desgarrar mi voz, pero el universo jamás respondió. Mis palabras se perdieron entre galaxias indiferentes, como estrellas que nacen solo para apagarse sin que nadie contemple su último destello.

Busco la luz desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo el color que tenía.

Solo existe este inmenso agujero negro que devora mis recuerdos, mis fuerzas y el último fragmento de quien alguna vez fui.

Lo más cruel no es vivir en este abismo…

Lo más cruel es no recordar el instante exacto en que caí.

No sé cuándo mi corazón dejó de florecer.

No sé en qué esquina del destino perdí mi alma.

No sé en qué momento la muerte comenzó a parecerme más cercana que la esperanza.

Solo sé que llevo tanto tiempo habitando esta oscuridad, que el silencio ya aprendió a pronunciar mi nombre y las sombras me llaman hijo.

Y, aun así…

En el rincón más remoto de este universo roto, donde ni siquiera los demonios se atreven a entrar, permanece una chispa casi imperceptible, agonizando entre las cenizas.

No ilumina el camino.

No derrota la noche.

Solo resiste.

Como si, en algún lugar que ya no alcanzo a recordar, la luz todavía siguiera pronunciando mi nombre… esperando el día en que encuentre el valor para responderle.