Las simientes dormidas
están brotando en mi piel
mientras el invierno
canta en la inmensidad del mar.
Solitario y a hurtadillas
voy construyendo mis poemas
en medio de los rutinarios sonidos
de un ordenador intermitente
que no se cansa de amaestrar
la consciencia del poeta.
Las respuestas de mi corazón
son hojas blancas que, una a una
se esparcen con el viento
gélido de un sur-sur
que escala en mixturas de voces interiores
que salen a respirar.
El océano íntimo, poderoso
horada el presente de mis pupilas
y la tranquilidad de la bahía
me hace pensar
en los primeros hombres
que de los desbordes acuáticos del día
aprendieron a saborear la sal.
Alentado por los movimientos
de las aves que se bañan
en un mar cardiaco,
mi iris se ha despejado
en el horizonte que fulgura
donde duerme este poema
en la ambigüedad
de la última luz…