Una sola es la vida, una sola pero repetida hasta el fin,
repetida por los incontables días que pasan y se olvidan,
hasta que un señor decreta el eterno designio que pactó en el jardín,
y los días siguen siendo los mismos, solo que sin tu amor sobre la tierra.
A pesar de esta repetición ciclica que a veces me envilece,
guardo en el pecho caliente el ardor de una sensación única.
Una sensación que me justifica, que es la de haber sido feliz,
y a pesar que sea cierto que nuestra suerte es inconstante,
el haber sido feliz es una experiencia constante,
cómo la que ahora me sigue la desdicha,
fiel y compañera, subida a mí espalda y celosa,
la quiero tanto como a mí felicidad, la que me dió una mujer rubia en Buenos Aires,
mis amigos en alguna calle pérdida pero no olvidada,
mí familia en una reunión que no fue la primera ni tampoco la última,
y el deporte que sembró una gloria recordada y agradecida.
Y ahora mí amor culmina en llanto,
llanto que cae como el río del tiempo,
que es incorregible y severo a todos,
cómo el amor y llanto que se repiten inconstantes bajo una penuria que a todos nos es constante.