En hielo vivo abraso mi sosiego,
callo la voz que el pecho desvaría,
sombra soñada que mi luz desvía,
pues buscando mi centro, más me ciego;
si al apetito opongo el blando ruego,
mi propia fe con mi juicio porfía,
engaña el alma la ilusión de un día,
y al rigor del desengaño me entrego.
Del culto antiguo a la constancia muero,
donde el amor juró su falsa lumbre,
y en negra saudade mi herida doro;
mas de perderte nace mi costumbre:
soy contra mí mi propio prisionero,
y amo el dolor que viste certidumbre.