Jhondy Algenys

Dándole voz al silencio

El silencio llamó a mi puerta

sin hacer ruido.

Entró

como entra la noche

en una habitación vacía.

Se sentó frente a mí

y por primera vez

tuvo voz.

No hablaba con palabras.

Hablaba con ausencias,

con fotografías que ya no respiraban,

con sillas que esperaban

a quienes nunca volverían.

—No me temas —dijo—.

Yo no nací para castigarte.

Nací para mostrarte

lo que el ruido

te impide escuchar.

Entonces oí

el cansancio de mi alma,

los sueños que dejé dormidos,

los nombres

que aún vivían

bajo el polvo del tiempo.

El silencio

abrió una ventana.

Entró el viento.

No trajo respuestas,

solo espacio

para que las preguntas

dejaran de doler.

Y comprendí

que el silencio

nunca estuvo vacío.

Era un océano

sin olas,

una biblioteca

escrita con respiraciones,

el idioma secreto

que utiliza el universo

cuando ya no bastan

las palabras.

Desde aquella noche,

cuando el mundo grita,

yo escucho.

Porque aprendí

que darle voz al silencio

no es romperlo,

sino tener el valor

de permanecer

hasta oír

lo que siempre

estuvo diciendo.