El silencio llamó a mi puerta
sin hacer ruido.
Entró
como entra la noche
en una habitación vacía.
Se sentó frente a mí
y por primera vez
tuvo voz.
No hablaba con palabras.
Hablaba con ausencias,
con fotografías que ya no respiraban,
con sillas que esperaban
a quienes nunca volverían.
—No me temas —dijo—.
Yo no nací para castigarte.
Nací para mostrarte
lo que el ruido
te impide escuchar.
Entonces oí
el cansancio de mi alma,
los sueños que dejé dormidos,
los nombres
que aún vivían
bajo el polvo del tiempo.
El silencio
abrió una ventana.
Entró el viento.
No trajo respuestas,
solo espacio
para que las preguntas
dejaran de doler.
Y comprendí
que el silencio
nunca estuvo vacío.
Era un océano
sin olas,
una biblioteca
escrita con respiraciones,
el idioma secreto
que utiliza el universo
cuando ya no bastan
las palabras.
Desde aquella noche,
cuando el mundo grita,
yo escucho.
Porque aprendí
que darle voz al silencio
no es romperlo,
sino tener el valor
de permanecer
hasta oír
lo que siempre
estuvo diciendo.