José Luis Barrientos León

La vida en tres actos

 

I

El viento trae lo que la tierra olvida.

Una hoja cae, y en su caída lenta

no cae la hoja, cae mi propia vida

en una cuenta que nadie más cuenta.

 

Cada pétalo suelto que se aleja

es un fragmento de este yo difuso;

la rama se libera, no se queja,

y yo me quedo con el bien confuso.

 

¿Quién soy si me desprendo a cada instante?

¿El árbol firme o la hojarasca vana?

Soy solo un transeúnte de mí mismo,

que mira el patio desde la ventana.

 

II

Morir en abril es un error del tiempo,

o acaso el único modo de ser lógicos.

Todo comienzo arrastra su desecho,

toda flor que vuela es un cadáver libre

que busca su epitafio en el cementerio del césped.

 

Me duele el ciclo porque no lo domino.

Asisto a mi propia dispersión botánica

con la frialdad de quien cuenta monedas ajenas.

 

Hay tanta muerte en lo que está brotando,

y tanta vida en lo que ya se pudre,

que ser consciente es solo una manera

de congelar la tarde.

 

III

Miro el tronco y envidio su destino.

Él no piensa el invierno, solo existe.

Tiene la certidumbre de la madera,

la terquedad de quedarse en el patio

mientras yo me mudo de alma siete veces al día.

 

Crear un sueño es prolongar las ramas;

sostener el mundo es la tarea del suelo.

Al final, este árbol cumple su oficio ciego

y me dicta, sin saberlo, la única ley que me queda,

durar es el milagro,

aunque por dentro todo se deshoje