Tus manos descansan sobre las mías
con la lentitud del fuego
cuando decide ser ternura.
Nuestros dedos
aprenden un mismo latido,
mientras nuestros pulgares
dibujan sobre la piel
el camino del otro.
Y, de pronto,
este roce tan lleno de luz
es nuestro primer beso.
Un beso
que no nace en los labios,
sino entre tus manos
y las mías,
donde nuestro amor
empieza a pronunciarse