la que cruza tormentas sin pedir tregua,
la que aprendió a construir altares con sus propios silencios
y a gobernar el destino con manos curtidas por la batalla.
El mundo ve mis hombros erguidos y mi andar inquebrantable,
la coraza perfecta de quien ya sabe cómo sanarse a solas.
Pero si se mira con atención,
justo detrás del umbral de mis ojos,
habita intacta la niña que nunca se fue.
Ella custodia el secreto de la risa limpia,
esa que brota sin motivos ni mañanas;
conserva los ojos limpios de sospechas
y la fe absoluta de que un abrazo verdadero
tiene el poder divino de curarlo todo.
No conoce el miedo,
porque aún cree que el universo es un gran patio de juegos
diseñado para el asombro.
A veces la realidad pesa,
y es entonces cuando ocurre el milagro más sagrado:
ambas nos encontramos frente al fondo del espejo.
Nos miramos con el respeto de dos almas que se necesitan para no morir.
Como mujer, la tomo de la mano,
la envuelvo en mi abrigo
y juro proteger la sagrada inocencia de sus sueños
frente a la crudeza del mundo.
Y ella, con su voz pequeña pero eterna,
me rescata de la rigidez de los días,
acaricia mis cicatrices
y me recuerda, con una ternura feroz, que jamás debo olvidar cómo soñar.
Somos el incendio y la calma,
el escudo y la pureza,
viviendo en el mismo cuerpo.
Si deseas, dime si quieres que le d
Soy una mujer que camina firme, pero dentro de mí vive una niña que nunca se fue, jugando con la risa limpia y el asombro puro.
Una niña habita en mis adentros, guarda el secreto de la risa simple,
de mirar el mundo sin miedos, de creer que un abrazo lo cura todo.
Y afuera soy la mujer que avanza, la que cruza tormentas con pasos de fuego, la que sabe de silencios y de batallas, la que sostiene su propio destino.
Las dos se miran al fondo del espejo, la adulta cuida los sueños de la pequeña, y la niña le recuerda a la mujer que jamás debe olvidar cómo soñar.
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Soy la mujer de paso firme y herencias de fuego, la que cruza tormentas sin pedir tregua, la que aprendió a construir altares con sus propios silencios y a gobernar el destino con manos curtidas por la batalla. El mundo ve mis hombros erguidos y mi andar inquebrantable, la coraza perfecta de quien ya sabe cómo sanarse a solas.
Pero si se mira con atención, justo detrás del umbral de mis ojos, habita intacta la niña que nunca se fue. Ella custodia el secreto de la risa limpia, esa que brota sin motivos ni mañanas; conserva los ojos limpios de sospechas y la fe absoluta de que un abrazo verdadero tiene el poder divino de curarlo todo. No conoce el miedo, porque aún cree que el universo es un gran patio de juegos diseñado para el asombro.
A veces la realidad pesa, y es entonces cuando ocurre el milagro más sagrado: ambas nos encontramos frente al fondo del espejo. Nos miramos con el respeto de dos almas que se necesitan para no morir. Como mujer, la tomo de la mano, la envuelvo en mi abrigo y juro proteger la sagrada inocencia de sus sueños frente a la crudeza del mundo. Y ella, con su voz pequeña pero eterna, me rescata de la rigidez de los días, acaricia mis cicatrices y me recuerda, con una ternura feroz, que jamás debo olvidar cómo soñar. Somos el incendio y la calma, el escudo y la pureza, viviendo en el mismo cuerpo.
Anita del Perú