Recuerdo que durante mi infancia
iba de visita al pueblo de mis abuelos:
un lugar tranquilo llena de gente bondadosa.
Un lugar de magia y leyendas,
de misterio y aprendizaje.
Recuerdo estar jugando con mis primos
cada uno en su hamaca
amarrados a cada horcón riendo;
siendo feliz, disfrutando la niñez,
viendo como los tíos
se quedaban a altas horas de la noche
platicando y en algunas ocasiones
viendo el amanecer.
A las cinco de la mañana
(si es que antes)
mis abuelos se levantaban a preparar el café
y comenzar la jornada del día.
Hasta que un día ellos se fueron,
yo, ya no regresé
y los recuerdos se volvieron
sueños