Esta noche el puerto duerme
bajo un cielo de ceniza,
y mi sombra se ha quedado
donde termina la brisa.
Un barco quedó en silencio
frente al rumor de la espuma;
no fue el miedo de los mares,
fue el peso de la fortuna.
Sobre la mesa descansa
una carta de otro cielo;
tiene el calor de unas manos
que no alcanzan mis inviernos.
Hay distancias que no tienen
ni caminos ni fronteras;
son océanos de ausencia
entre dos almas enteras.
Yo nací con estas manos
hechas para dar abrigo:
di la luz que me quedaba,
di mi pan al enemigo.
Pero al cerrar mis dos manos
para cuidar mi tristeza,
descubrí que no sabía
sostener mi propia pena.
Porque existen hombres rotos
que parecen de piedra,
hombres que cargan el mundo
mientras su mundo se quiebra.
Mañana volverán barcos,
volverá la vieja marea;
la ciudad seguirá andando
sin saber quién la atraviesa.
Solo el mar, viejo testigo
de naufragios y derrotas,
guardará bajo sus aguas
la verdad que nadie nota:
que algunos hombres regresan
a la orilla de su vida,
pero dejan en el viaje
la mitad de lo que eran.