Pastoral incompleta
Al borde de una cosecha fallida,
una amapola contempla el paisaje
bajo un atardecer de lágrimas.
Una nube solitaria amenaza
con ocultar el sol que,
fatigado,
se derrite tras la colina.
Mientras tanto, las aves,
de camino a sus nidos,
salpican con sus alas el azul cobalto
de un cielo que ya da la bienvenida
a las primeras estrellas.
Las cigarras bajan dos octavas
para ceder su canto a grillos y ranas,
mensajeros de la noche.
En el crepúsculo,
búhos y chotacabras aclaran la garganta,
afinando un concierto arcaico
que pronto envolverá los campos
con su música invisible.
El poeta,
incapaz de abarcar tanta belleza,
suelta la pluma y,
recostado en la encina milenaria,
cierra los ojos:
deja que la imaginación
esboce su magnum opus,
mientras la noche se adueña del paisaje.