A. Saravia

¿Quién nos hizo indiferentes?

Vivimos en un mundo tan vasto…
que, entre tanta gente,
cada día encuentro menos humanidad.

Quisiera hallar respuesta a la hipocresía del hombre,
quien presume servir a la sociedad,
cuando lo único que hace es condenarse a la soledad. 

¿Sería acaso tan complejo exigir
que en algún rincón del mundo exista
la capacidad de que en las fiestas
falten sillas…
y jamás visitas?

Porque el hombre,
aun hecho y derecho,
continúa siendo esclavo
de su instinto de matar.

Y no hablo
de arrebatar la vida del otro.

Hablo de esa muerte silenciosa
que nace en la indiferencia.
La que termina por robarnos la conciencia.

Aquella que contempla el dolor ajeno…
y lo convierte en paisaje para 
continuar su camino sereno.

Porque también mata…
Sí… también mata:
quien ignora el hambre del niño,
la angustia del anciano 
y el cansancio amargo del campesino.

¿Acaso no hubo en nuestra historia 
un Mariátegui,
un Arguedas
o el gran Abraham Valdelomar,
que entregaron puño y letra
para desnudar nuestra injusticia social?

Entonces… mírenme de frente.
Y díganme:
¿De qué sirvieron sus palabras?,
si aún cambiamos la verdad
Con tal de proteger la mentira
que aprendimos a llamar normalidad.

¡Estamos ciegos, señores!

Y no precisamente por imposición…
Sino porque preferimos repetir
la opinión popular…
antes que atrevernos
a buscar la verdad.

No permitamos que la costumbre
nos robe la conciencia.
No hagamos del egoísmo una virtud.
Ni mucho menos dejemos un mundo tan vacío
a nuestra juventud.

Porque mientras el poderoso
se enriquece del humilde,
y el campesino,
con el arduo trabajo de sus manos,
alimenta la mesa de sus supuestos hermanos.

Nosotros seguimos volteando la mirada.

Y cuando el silencio…
convierte en costumbre 
la más dura realidad.

Ya no hacen falta asesinos.
Nos bastamos nosotros mismos
para acabar con lo poco 
que nos queda de humanidad.