Antes de que existieran los caminos,
el horizonte era una línea dormida
sobre la frente del mundo.
No sabía que era lejano.
No sabía que alguien,
algún día,
intentaría alcanzarlo.
Vivía tranquilo
entre el cielo y la tierra,
como una herida invisible
que todavía no conocía el dolor.
Pero una mañana,
cuando la primera luz
tocó sus manos de niebla,
el horizonte descubrió
que estaba separado de todo.
Y lloró.
Fue una lágrima pequeña.
Tan pequeña
que la tierra tuvo que inclinarse
para escucharla caer.
No cayó hacia abajo.
Cayó hacia adentro.
Y donde tocó el silencio
nació el primer océano.
Desde entonces,
los mares conservan esa lágrima
en movimiento.
Por eso ninguna ola
permanece quieta:
todas buscan regresar
al lugar donde nació la nostalgia.
Los antiguos árboles decían
que esa lágrima contenía
el recuerdo de todas las despedidas.
Los pájaros afirmaban
que allí dormían
los vuelos que nunca fueron realizados.
Y las piedras,
que han aprendido a esperar siglos enteros,
susurraban:
«Toda distancia
es una forma secreta
del amor buscando encuentro.»
Una tarde llegué
hasta el borde del mundo.
Pensé que encontraría
el final de la tierra.
Pero encontré
una puerta abierta.
Detrás no había nada.
Solo otro horizonte
esperándome.
Entonces comprendí:
el horizonte no existe
para ser alcanzado.
Existe
para recordarnos
que siempre hay algo más allá
de aquello
que nuestros ojos
todavía pueden ver.
Rosa María Reeder
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