Ahí viene ella de nuevo...
tan hermosa, tan etérea, tan cercanamente inalcanzable.
Es una visita temporal que se posa en mis ramas cual ave migratoria.
Se acurruca en mi nido con la primavera bajo sus alas, disfrazándome la boca de invierno cuando las bate anunciando su partida.
Ella se presenta en diferentes cuerpos, con tan preciosas formas que deslumbrarse es solo la consecuencia debida.
Ella, la de siempre, la de nunca, la que acomoda un tal vez entre su mano y mi carne.
Su nombre varía, cambia la forma de su cabello y hasta el tono de sus pieles.
Pero allí, en lo profundo, está ella, la de siempre, la de nunca.
Mágica, poética, dueña de todas mis letras
dueña de mí sin reclamarme suya, sin proclamarse mía.
Y ahí voy yo de nuevo, como siempre, como nunca,
a refugiarme en su precipicio, a zambullirme en sus mieles, sin reparo ni protección alguna para la siguiente caída anunciada.