El escriba de la penumbra

Quédate Cuando Ya No Sea Yo

Ámame cuando menos lo merezca, porque será el instante en que más desesperadamente lo necesite.
No intentes salvarme con palabras; hay heridas que ningún idioma ha aprendido a pronunciar. Solo siéntate a mi lado. Deja que el silencio hable por ambos y que tu presencia sostenga los pedazos de este corazón que se desmorona sin hacer ruido.

No me pidas explicaciones. ¿Cómo podría describirte una guerra que se libra en un lugar donde ni siquiera existe la luz? Hay noches en las que mi alma se convierte en un campo de batalla y mis pensamientos dejan de parecerme propios. El dolor levanta su voz, la desesperanza me encadena y la oscuridad me convence de que ya no queda un amanecer esperándome.

Si alguna vez me ves distante, si mis palabras hieren o mi mirada se pierde en un horizonte que no existe, recuerda que no estoy peleando contra el mundo: estoy peleando contra el abismo que llevo dentro. Una batalla feroz, silenciosa e interminable que me roba el aliento mucho antes de robarme las fuerzas.

No me tengas lástima. La compasión nunca ha curado un corazón roto. Dame tu mano con firmeza cuando me veas caer, porque habrá días en los que olvidaré cómo levantarme por mí mismo. Abrázame sin preguntas, acompáñame sin exigencias y quédate incluso cuando mi silencio resulte insoportable.

Porque quien sonríe también puede estar naufragando. Quien dice “estoy bien” puede estar gritando por dentro. Y quien parece más fuerte, muchas veces, solo está agotado de luchar contra una tormenta que nadie más puede ver.

Ámame en mi invierno más cruel. Quédate cuando todo en mí parezca derrumbarse. Porque si un día logro regresar de esta interminable noche, recordaré que hubo una mano que no soltó la mía cuando yo ya había dejado de creer que aún valía la pena seguir caminando.