Dieciséis años después,
volvemos a una final.
No nos juguemos la paz,
solo es algo excepcional.
Hermanos de tierra y sangre,
de acogida y de hermandad,
¿porqué sembrar el rencor
donde reinó la amistad?
No permitamos que el triunfo
se tiña de algún fracaso,
y que el orgullo de un día
no se aleje del abrazo.
Que la calle sea una fiesta,
no un escenario de heridos;
que no llore una familia
por noventa enloquecidos.
Parece, si no ganamos,
que en ello nos va la vida.
Es solo un juego, un balón…
¡Que el deporte no divida!
Classman