Escribo para desahogar, es el mandato de mi corazón,
¡ay, mi tierra, cómo dueles! Dueles tanto en el alma...
Mis ojos se han vuelto manantial, tanta desesperación, tanto dolor,
se quiebra el silencio en la noche y se pierde la calma,
mientras el pecho carga el peso de una herida sin razón.
La Guaira, mi tierra que me vio nacer,
este doble terremoto tus cimientos sacudió,
y aunque Dios con su manto a mi familia cubrió,
siento un dolor profundo que no puedo esconder.
Me duele el alma por mis paisanos queridos,
por el suelo que tiembla y la angustia que azota;
que se escuche con fuerza este grito de guerra
en memoria sagrada por los hermanos caídos.
Vi en primera persona familias que entre escombros quedaron,
Venezuela entera de negro y luto se vistió;
aquel veinticuatro de junio, cuando las seis y cinco marcaron,
tan solo bastaron treinta y nueve segundos de espanto,
y el sueño de muchos allí para siempre murió.
Misión cumplida, muchachos, la guardia ha terminado,
llegó la hora en que eternamente puedan descansar;
la patria los llora, el mar les rinde su canto,
y en el cielo de esta costa su luz ha de quedar.
Descansen en paz.