Diego Ascanio

Hay un muerto en mi casa

Luis Gustavo llevaba 60 días viviendo en el nuevo apartamento. Durante una década viajó en transporte público, rechazó invitaciones a cenar, dejó de reunirse con amigos y llamó “lujo” a todo gasto innecesario. A los treinta y siete años reunió el dinero suficiente para pagar el cuarenta por ciento del apartamento de sus sueños. Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad: parques, cafés, teatros y un sendero ecológico a pocos minutos.

El lugar se había construido hacía cuarenta y un años. A diferencia de las sugerencias actuales del mercado, su apartamento gozaba de habitaciones más amplias y espacios hechos para otra época.

Contaba con unos ventanales enormes que daban a una amplia calle y el sol era un constante inquilino. Una cama, un televisor, un sofá para tres personas, un pequeño comedor rústico que le había heredado su madre antes de morir y un par de ollas que le servían para preparar las pocas cosas que había aprendido a hacer eran todas sus pertenencias.

Con el paso de los días, empezó a notar que la madera estaba muy desgastada, las tomas de luz aún eran las originales. Cada junta de copropietarios se tornó en un escenario de referencias que iban desde triunfos electorales hasta adquisiciones de nuevas propiedades.  Los vecinos que en principio parecían atentos, admirables y elocuentes, pasaron a ser solo residentes del edificio.

Semanas después, Luis Gustavo ya no podía dormir y llegaba todos los días tarde al trabajo. El transporte público se convirtió en el único lugar en el que compartía con otras personas: Buenos días, con permiso, disculpe, siga. Esas frases se transformaron en las únicas formas de contacto con los demás. Respiraba profundo cuando ese contacto se prolongaba.

Un compañero de trabajo decidió ir a visitarlo un sábado en su nueva casa. Timbró, esperó varios minutos y por fin logró encontrar respuesta del otro lado. Lo hizo seguir, se sentaron a la mesa, le sirvió café, hablaron, bromearon, y se marchó dejando un comentario que alegró al inquilino: ¡Qué apartamento tan encantador!
Estando allí, recordó que desde la mudanza no había pensado en su madre y eso lo heló. Recorrió la madera, la tabla superior, los rayones, las manchas.
¿A dónde van las historias cuando no hay quien las recuerde? -Pensó-

Su apetito se iba por días. Los mareos empezaron a hacerse habituales y había tardes en las que el cuerpo parecía pesar el doble. La ansiedad también golpeó su puerta y de manera genuina pasaba tardes enteras entre ríos que ya no lograba visitar. ¿Qué pasó conmigo? Se preguntaba cuando la cordura volvía.

Una mañana despertó en el suelo de su habitación, mareado, perdido, y con una extraña sensación: ¿Qué estoy haciendo aquí? Se levantó como pudo, se bañó, se alistó y salió sin un rumbo fijo a caminar por su barrio, el que tanto deseó. Encontró hermosos jardines, pájaros en concierto, vecinos amables, calles limpias, sintió que volvía la alegría, que solo había pasado por una crisis y no tenía de qué preocuparse.

Al volver a casa notó algo extraño, había mucha gente fuera de su edificio, policías, ambulancias, gente llorando. Sintió el peso del sueño en su cuerpo otra vez. Ahora le costaba moverse, se abrió paso entre la multitud como pudo, subió las escaleras de dos en dos y fue perdiendo la visión. El apartamento estaba abierto. Uniformes por todas partes. Notó la mesa del comedor, el televisor, el sofá, nunca necesitó más espacio. Experimentó la soledad entre la turba. Caminó hasta la habitación, se adelantó presurosamente, empujó a los oficiales, llegó a la puerta de su cuarto, la sábana blanca estaba por cubrir su rostro.
El sol sigue en el ventanal.
Hay un muerto en mi casa.