Mil vaggio
Te invito a mi mundo
Voy a hacerte espacio en mi mundo. Quiero que vengas, que te arriesgues, como cuando uno llega a una ciudad ajena con incertidumbre: coges tus cosas y sales a la aventura, solo conociendo fotos de edificios, museos, parques y algún teatro. Así te espero, valiente, sabiendo que amar es una aventura. Conocemos del otro casi nada y nos tiramos al mar. Pero yo quiero que vengas, que deambules por esos barrios olvidados, que te sientes bajo una jacarandá en marzo, que te sorprenda una tarde esplendorosa en la cúspide de alguna colina sobre la ciudad.
Yo acomodaré la casa, pondré algunas flores, podaré la maleza y quitaré horas a mi soledad para disfrutar un café contigo, una película los domingos por la tarde, un desayuno inesperado, una caminata cogidos de la mano.
Te soy sincero: no creo en las promesas ni en los amores eternos. Me gusta, claro, ese amor que eleva, que destruye, que incinera; pero me gusta ser realista, porque creo que la realidad es la raíz de un amor. No te diré que te amaré toda una vida, tan solo hoy; no te prometeré las estrellas, pero sí mi pecho alguna noche y mis manos haciéndote una trenza.
Ven a mi mundo, es real, es lo que ves y lo que conocerás. Pintaré los muros, pondré señales en el camino, te daré mucha paz y cariño; tiempo sobre todo, ese que a nadie le he dado y que ahora, después de mucho meses , he abierto las puertas. Desde la entrada hay un letrero que dice: «Usted ha llegado a casa, disfrute su estancia».