Leoness

El eco canĂ­bal de la marea

La brisa no camina, se escurre como un reptil descalzo,

lamiendo la sombra enferma de la sombrilla,

mientras mi mirada se ahoga, suicida, en la orilla,

donde el mar vomita el cielo y devora el ocaso.

 

Muerdo el cristal de mi fría cerveza, un suspiro de hielo,

y el trago despierta el fulgor de un pasado maldito,

aquel último instante de tu cuerpo proscrito,

el último roce de fuego por el que deliro y desvelo.

 

Tenías la espuma atrapada en los labios de arena,

me diste un beso de alcohol, de carmín y de herida,

un broche de oro para una carne encendida,

dejando en mi boca un sabor a ceniza y a pena.