Buenos Aires,
ciudad donde el tiempo aprende
a caminar despacio
sobre adoquines gastados por la memoria.
Eres un océano
que decidió vestirse de avenidas,
un viento de bandoneones
que no cesa de nombrar la esperanza.
En tus barrios
cada esquina guarda un relato,
cada café conserva
la conversación de generaciones enteras,
y cada árbol parece conocer
los secretos de quienes soñaron antes.
La Boca levanta sus colores
como si el arcoíris
hubiera encontrado un puerto definitivo;
San Telmo conversa con la nostalgia,
Recoleta pule el mármol del recuerdo,
Palermo deja que la primavera
ensaye su mejor idioma.
En Caminito,
los balcones sonríen al viajero,
las paredes desafían la monotonía
y el tango,
con zapatos de cuero gastado,
continúa abrazando al mundo
como si jamás hubiera terminado la primera danza.
Ciudad inmensa,
hecha de inmigraciones,
de libros abiertos,
de teatros encendidos,
de plazas donde las palomas
escriben fugaces alfabetos en el aire.
Buenos Aires,
no eres solamente una capital:
eres una constelación tendida sobre la tierra,
una respiración interminable,
un corazón que aprendió
a latir con millones de voces
sin perder nunca
la música de su propia alma.