David H. Rosales

Ante la obra de Murillo

Con el muribundo a cuestas
va San Juan de Dios
ciego de noche y fatiga,
quién sabe en qué callejón.

Tropieza con las tinieblas
aquí, y allá con una piedra.
Sus rodillas han besado
la dureza del sendero.

Llega el momento en que cae
sin soltar al enfermo,
pero ya casi vencido,
ausente de fuerzas el cuerpo.

Es ahí cuando el ángel,
como si lo hubiera seguido
oculto entre paredes y sombras,
levanta al santo, lo mira,

puebla de luz la mirada
de San Juan de Dios,
que hacia el hospital avanza
ingrávido y de plenitud lleno. 

A ti, pobre poeta
sin fe y sin laureles,
¿qué gracia en la penumbra
ha de abrazarte? Solo un eco 

responde en la oquedad
donde sueñan las palabras
los poemas venideros:
«¡Arte, arte, arte... arte!».