El fantasma verdadero
Dicen
que un fantasma recorre
los pasillos del poder
en Estados Unidos.
Lo nombran
con la solemnidad
con que se pronuncian
los viejos miedos:
comunismo.
Lo invocan
cada vez que necesitan
llenar de acero los presupuestos,
engordar los arsenales,
bendecir un nuevo misil
o justificar
otro océano de sangre.
Pero el fantasma
que golpea las puertas
no lleva banderas rojas.
Tiene el rostro
de una madre
que trabaja dos jornadas
y aun así
no puede pagar el alquiler.
Tiene las manos
del anciano
que debe escoger
entre comprar medicamentos
o llenar la mesa.
Tiene los ojos
del niño
que aprende demasiado pronto
que el hambre
también habla inglés.
Ese fantasma
duerme bajo los puentes,
camina entre las tiendas improvisadas,
se sienta sobre el cartón
en las avenidas luminosas
de Los Ángeles,
de Nueva York,
de tantas ciudades
donde los rascacielos
proyectan sombras
más largas que la esperanza.
Lo llaman
la nación más rica del planeta,
pero millones
conocen de memoria
el idioma de la pobreza.
Millones
aprendieron que una enfermedad
puede costar una casa,
que una factura
puede convertirse
en una sentencia,
que el trabajo
ya no garantiza
la dignidad.
Sin embargo,
cuando el pueblo pregunta
por vivienda,
responden con tanques.
Cuando pide hospitales,
responden con portaaviones.
Cuando exige salarios justos,
responden con discursos.
Y cuando la miseria
se vuelve imposible de ocultar,
levantan un dedo
hacia un enemigo invisible
y repiten,
como un rezo gastado:
“Es el comunismo.”
No.
No es el comunismo
el que duerme en las aceras.
No es el comunismo
el que convierte la salud
en un privilegio.
No es el comunismo
el que deja familias enteras
trabajando sin escapar
de la pobreza.
El verdadero espectro
es un sistema
que encuentra siempre
miles de millones
para fabricar guerras,
pero nunca suficientes
para construir hogares.
Un sistema
que llama libertad
a la desigualdad,
progreso
a la codicia,
patriotismo
al negocio de las armas.
Dicen
que quieren salvar
a Estados Unidos.
Entonces
dejen de buscar enemigos
en las sombras.
Miren,
por una sola vez,
el rostro de su propio pueblo.
Porque ninguna bandera
es más grande
que un ser humano.
Y ningún imperio
puede llamarse libre
mientras la miseria
camine descalza
por las calles
de su propia casa.
—Luis Barreda/LAB