El Acecho
Una tarde de sol,
sentí el frío de su sonrisa cínica
buscando grietas donde entrar.
Él nunca entró a la habitación;
su voz me llegó por la puerta entreabierta,
un filo de hielo preguntando: —¿Falta mucho?
No buscaba consuelo, ansiaba mi ausencia.
En ese instante algo se quebró.
Incapaz de sostener lo intolerable,
entre los pedazos, la amnesia tomó su lugar.
Hoy su cuerpo es ceniza, pero el acecho persiste.
Regresa en mis sueños con su paso de dueño,
camina el pasillo de mis pesadillas
con la soltura de quien no se ha ido.
Me aterra el eco de su nombre en los vivos,
me quema el miedo de que el entorno,
cómodo en su negación,
limpie su historia y lo suba a un pedestal.
No permitiré que su muerte sea un altar.
He puesto el primer ladrillo
con mi verdad como cemento.
Mi verdad es su epitafio.