Llegas—
no anuncias.
Caes.
Una braza encendida
que no se puede esquivar.
Te metes
en la piel.
La abres.
La dejas
sin defensa.
El aire pesa.
Se pega.
Respira conmigo.
Y en ese aliento
todo se vuelve
más cercano.
Más lento.
Más urgente.
No es luz.
Es cuerpo.
Es sudor
buscando otro cuerpo.