Tomarme a pecho tus palabras mal tiradas,
como quien recoge vidrios con las manos desnudas, fue mi manera más torpe de quererte.
Cada frase tuya encontró refugio en mis costillas, donde el dolor aprendió a dormir sin hacer ruido, hasta que una mañana despertó llamándose costumbre.
Me convertí en la habitación donde dejabas
todo aquello que no querías cargar:
el desprecio, el cansancio, la indiferencia.
Y yo, ingenuo, confundía el peso de tus ruinas
con el calor de un abrazo.
Ahora camino entre los restos de lo que fui.
Mi pecho parece una catedral abandonada,
con vitrales rotos
y plegarias cubiertas de polvo.
No queda rabia.
Solo esta tristeza antigua,
oscura como un cielo que olvidó fabricar amaneceres, donde incluso las estrellas
parecen haberse cansado de existir.