aviemas

Dejar ir

Dejar ir es mucho más sencillo que seguir intentando.

 

Creí que amar intensamente era la respuesta para un corazón que buscaba su verdad. Que, si daba lo suficiente, lograría llenar el vacío que llevaba dentro.

 

Pero ningún corazón se llena entregando aquello que nunca recibe, o que el otro ni siquiera sabe recibir.

 

Siempre el mismo patrón: personas rotas, tan rotas como ella, intentando sanar heridas ajenas desde la nobleza de su querer.

 

Pero nadie pidió ser salvado.

 

Es inútil empeñarse en rescatar a otros cuando quien necesita ser rescatada es una misma.

 

Y entonces llega la niebla.

 

La que aparece cuando todo aquello que alguna vez sostuvo ese vacío ya no está.

 

Mis ojos se vuelven borrosos. El aire pesa. Ya no hay consuelo, ni brazos a los que correr. Qué frágil era depender de un amor que siempre pendía de un hilo… hasta que, finalmente, se rompió.

 

La niebla es tan espesa que ese corazón termina perdiéndose dentro de ella.

 

Cansada.

 

Aquel corazón que alguna vez fue dulce, inocente y noble ya no existe de la misma manera.

 

Descubrió que dejar ir pesa menos que aferrarse.

 

Dejar que las personas sean. Dejar que se marchen. Si alguien o algo ya no está, que así sea.

 

Quien alguna vez creyó que todo era indispensable comprendió que el dolor no desaparece porque las cosas importen menos, sino cuando una deja de sostener aquello que ya decidió irse.

 

No es miedo a volver a sentir.

 

Es cansancio.

 

Estoy saturada de cargar con historias que nunca fueron mías.

 

Prefiero estar sola antes que mal acompañada.

 

Aunque, a veces, me pregunto si no habré sido yo esa mala compañía para quienes tenían el alma llena de luz.

 

Hoy estoy sola.

 

Pero me tengo a mí.

 

Y, quizás, siempre fue ahí donde debía aprender a encontrar mi hogar.


Avi-