Me has hecho de tu cuerpo un adicto,
un despojo de hombre que se consume
en este vicio exquisito de saberte
hembra entre mis manos,
de beberme tu boca que fermenta
el vino de los años y de tus pechos
que socavan mis labios.
En tu vientre late la noche con su pulso de loba
y yo desciendo a tus abismos
como el agua que busca el centro de la piedra
ese espacio donde tus raíces
se abren en un rumor de selva húmeda
como el mineral que salta de la tierra.
Te ofreces como una fruta madura en verano,
salvaje,
desatada,
con una fuerza de ola que arremete contra la orilla:
mi deseo es un animal de sal que bebe de tus mareas
hasta olvidar el idioma de la sed.
Me despojas el alma y me desnudas el miedo
como quien le arranca el frío al invierno
el tiempo se nos rinde:
un minuto, una hora, una vida:
la cama deja de ser madera,
deja de ser sábana, deja de ser habitación:
somos... es ahora una isla volcánica,
una tierra recién nacida
donde nuestros cuerpos inventan el primer idioma.