Volví con un puñado de viento
doblado entre las páginas del alma.
No sé en qué piedra dejé mi sombra,
ni cuándo el agua aprendió mi nombre.
Sólo recuerdo que la tarde,
descalza, entró conmigo.
Desde entonces los relojes
tienen la costumbre de demorarse
cuando pienso en ciertas alturas.
Hay un puente que aún me cruza,
aunque mis pasos ya no lo recorran.
Y cuando alguien pregunta dónde estuve,
sonrío.
Algunos lugares prefieren seguir siendo
un secreto entre el paisaje y quien lo mira.