No es que haya dejado de ser mujer,
pero siento que un fragmento me fue arrancado.
No es que mi esencia valga menos al amanecer,
es solo este hueco, este vacío silenciado.
«Estoy viva», repetía como un ruego,
al salir de la niebla de aquel blanco salón.
Qué poético el eco, qué espeluznante el fuego
de sentir que la vida pendía de una incisión.
Cincuenta y cuatro días lejos de la marea,
de esa sangre que antes me solía purificar,
y que al final, en una oscura y cruel pelea,
se volvió una amenaza que me quería apagar.
Es un terror que el mundo no se detiene a mirar,
porque la herida es por dentro y la tienden a minimizar.
Si me faltara un brazo, si el pecho ya no estuviera,
el luto sería lícito, la empatía llovería entera.
Pero es un duelo a solas, íntimo y profundo.
Mientras otras celebran el fin del ciclo en su mundo,
yo luché por retenerla, por no dejarla marchar.
No, no estoy exagerando; es una tristeza de verdad.
Y sin embargo, agradezco el nuevo respiro,
el fin de la fatiga que aplastaba mi andar.
Ya no hay sangre derramada, ya no hay más delirio,
solo aguardo, paso a paso, a mi normalidad regresar.
Hoy lloro a menudo, como lluvia sin estación.
¿Será por esta ausencia, por el peso de los años,
o el eco de mi cuerpo buscando su compás?
No lo sé. Solo sé que, reparando los daños,
sigo aquí, sigo viva, construyendo mi paz.