Nadie escucha al polvo.
Por eso conoce
los secretos más antiguos
de la tierra.
Antes de ser camino,
antes de posarse sobre las manos,
antes de dormir sobre los libros olvidados,
fue montaña.
Fue océano.
Fue la sombra de una criatura
que miró por primera vez
la luz del amanecer.
El polvo recuerda.
Guarda en sus partículas diminutas
la música de los árboles desaparecidos,
el rumor de mares que ya no tienen nombre,
la huella de pasos
que nunca llegaron a ninguna parte.
Una tarde,
vi cómo una habitación vacía
comenzaba a respirar.
No eran las paredes.
No era el viento.
Era el polvo
levantándose lentamente
como una multitud de pequeñas almas
que regresaban a casa.
Lo seguí.
Atravesó la ventana
y subió hacia el cielo.
Allí comprendí
que las estrellas
no son más que polvo
que aprendió a recordar su origen.
Desde entonces,
cuando una brizna de polvo
descansa sobre mi mano,
no la aparto.
La miro.
Porque quizá sostiene
un pedazo de montaña,
un fragmento de lluvia,
la antigua respiración
de alguien que amó antes que nosotros.
Y quizá,
cuando todo lo que somos
haya vuelto a la tierra,
seremos también nosotros
una pequeña partícula
viajando en silencio
para recordarle al universo
que alguna vez
tuvimos un corazón.
Rosa María Reeder
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