Soy el que avanza despacio, paso a paso,
el primero en caer, el que nadie nombra,
camino entre casillas de sombra y asombro,
con un solo deseo: cruzar la sombra.
No salto, no corro, no elijo el camino,
me empujan, me mueven, me dejan atrás,
defiendo a los grandes sin ver su destino,
y mi vida es un paso, un ir y un jamás.
Siento el frío del borde, el peso del juego,
que no es mío, aunque yo lo construya con sangre,
cada casilla nueva es un miedo, un fuego,
y el final del tablero… ¿qué será que me agarde?
Si logro llegar donde nadie pensó,
donde el límite cierra, donde el borde se rompe,
dejo de ser sombra, dejo de ser yo:
el peón se transforma, su suerte se rompe.
No soy más el débil, el que avanza lento,
tomo forma de reina, de torre o de alfil,
el que fue nada, ahora es movimiento,
y el juego cambia todo, porque yo lo quise así. Y llega el día en que el tablero se acaba,
donde las líneas cierran su recorrido,
donde nadie pensó que yo llegaría,
donde lo pequeño se vuelve infinito.