Quisiera arrancarte del rincón de mi mente
donde hiciste hogar sin pedir permiso;
sacarte de mi pecho
para convencerme de que esto no es amor,
que solo es un corazón torpe,
enamorado de la belleza,
que un día se quedó embelesado
hasta olvidar el camino de regreso.
Pero eres mi querencia,
el lugar del que jamás podré huir;
la presencia que me envuelve
con el simple acto de pensarte.
Tu efluvio, suave e inevitable,
me embriaga el alma,
y me hace creer
que cada pecado cometido a tu lado
sería una forma distinta de salvación.
Por más que intente arrancarte de mí,
ya hiciste asilo en mis silencios,
y entre los latidos que me sostienen
vivirás hasta el último de mis ayeres,
porque hay amores que no se olvidan:
simplemente aprenden a habitar para siempre.