Aún lo cuenta aquesta villa
con tristura e con congoja,
cómo por aviesa afrenta
murió una muy joven doña.
Era doncella fermosa
de gentil cuerpo e de alma;
el resplandor de su risa
hacía rayar el alba.
Más que sedas e brocados
amaba viejas historias;
leía sabios pergaminos,
cantares de antiguas glorias.
Cuanto más leía e soñaba,
más crecía su memoria;
hasta que un día en la plaza
un juglar la cautivara.
Nunca oyó tan dulce voz,
ni romanza tan airosa;
nació el amor de sus versos
cual nace la fresca rosa.
Mas un soberbio palaciego
oyó pregonar su fama;
codició su fermosura
e tramó oscura celada.
Ocultóse entre las ramas
do la doncella paseaba;
cual el lobo al corderillo,
sus pisadas acechaba.
Saltó el hombre de la sombra
con saña vil y callada,
quedó la joven inerte
de espanto toda turbada.
Fabló luego con sus padres
con promesas engañosas;
concertaron presto bodas
sin avenirse la moza.
Al saber la mala nueva,
duélese en mala hora;
mucho lloran los sus ojos,
mas el pecho non se dobla.
—Non me dieres tal marido,
ca mi fe ya fue otorgada;
antes quiero ver la muerte
que vivir tan desdichada.
Respondióle aluego la madre:
—La palabra non se torna;
cuando apuntare la aurora,
serás esposa de honra.
Dende aquel triste momento
la moza languidecía;
día e noche fue perdiendo
la color de sus mexillas.
Antes que cantase el gallo,
cuando alboreaba el alba,
vido venir a su amigo
entre nubes plateadas.
—Ven conmigo, dulce amiga;
vayamos a mi morada,
ca será seguro puerto
para quien amando acaba.
Tomáronse de las manos
como dos blancas palomas.
Juntos vuelan por los cielos,
atrás se quedan las lomas.
En recuerdo dice el pueblo,
cuando tañen las campanas:
—Que los fieles corazones
nin se mueren nin se apartan.