Revisando un viejo álbum de fotografías, el tiempo abrió una puerta que creía cerrada para siempre. Entre páginas amarillentas encontré los rostros del colegio, las risas que nacían sin esfuerzo, los juegos interminables, los sueños que aún no conocían el fracaso y aquel primer amor que parecía eterno. En esas imágenes habitaba un muchacho que sonreía con el alma, convencido de que la vida siempre tendría el color de aquellos días.
Qué cruel es el tiempo… En aquel entonces era inmensamente feliz y nunca lo supe. Nadie nos enseña que los momentos más valiosos suelen pasar desapercibidos hasta que solo sobreviven convertidos en recuerdos.
La vida, sin embargo, decidió sorprenderme. Pero no fue con fortuna ni con bendiciones. Me golpeó con una fuerza despiadada, arrebatándome pedazo a pedazo la paz, la esperanza y hasta el reflejo de quien alguna vez fui. Desde entonces camino entre las ruinas de mí mismo, condenado a recorrer los pasillos más oscuros de un infierno que no necesita llamas para consumir el alma.
Cada amanecer es una sentencia. Cada noche, un juicio interminable. Y mientras el mundo sigue girando con absoluta indiferencia, yo continúo vagando entre los escombros de mis propios sueños, preguntándome en qué esquina del destino quedó abandonado aquel niño que alguna vez creyó que la felicidad sería para siempre.
Hoy miro esas fotografías y descubro que no solo estaba contemplando un álbum de recuerdos… estaba despidiéndome, sin saberlo, de la única versión de mí que alguna vez conoció la verdadera felicidad.