Dios era mujer.
Cada madrugada
cambiaba de cadera el horizonte,
paría brújulas
que señalaban hacia adentro del fuego.
Los peces aprendían a volar
para no mojar el océano.
Las montañas
colgaban de una pestaña,
y el tiempo,
avergonzado,
pedía permiso para envejecer.
Cuando rezábamos,
ella no escuchaba palabras:
ordeñaba el silencio
hasta convertirlo en pájaros.
Y al séptimo día
no descansó.
Cambió de lugar
la idea de \"arriba\".
Daniel Omar Cignacco © 2026