La vida es una montaña rusa:
a veces te alza hasta la cima
para luego empujarte al fondo,
en un ciclo eterno de ascensos y caídas.
Avanzas con el miedo a flor de piel
y la adrenalina latiendo a mil,
habitando la constante incertidumbre
de no saber si quedarás suspendida en lo alto
o te hundirás aún más profundo;
sin descifrar si prefieres la quietud de abajo
o el abismo de las alturas.
Allá arriba, donde el viento sopla con fuerza,
sientes que vas a salir volando.
Y aunque el arnés te sujeta y promete seguridad,
el temor termina por invadirte.
Se desatan los pensamientos intrusivos
y te abraza, gélida, la misma pregunta:
«¿Cuándo llegará el final?».
Llega el instante en que el alma ruega:
«Por favor, que termine ya»,
ansiando únicamente descender
para volver a pisar la tierra firme...
Allí donde los pies encuentran soporte,
donde si tropiezas, no caes al vacío,
y todo recobra su calma.
Así transcurre la vida.
Pero en medio del vértigo constante,
solemos olvidar que nuestro único y verdadero sostén,
el arnés que nos salva de la caída,
es Dios.