Regresa mi mente,
como un viaje sin escalas,
al día en que tus labios
descubrieron el idioma secreto de los míos.
Aún habita en mi boca
la profundidad de aquel beso,
la eternidad suspendida
de un instante
en el que el silencio habló
con una elocuencia
que ninguna palabra habría alcanzado.
Desde entonces,
mi alma conserva intacta
la forma en que tus ojos
aprendieron a pronunciar mi nombre.
La dulzura de una caricia
me llevó a recorrer el cielo
sin mover los pies de la tierra,
y ese arte tan tuyo de permanecer
sigue viviendo en mí
como una huella
que ni el tiempo,
ni la distancia,
ni el olvido
han conseguido borrar.
¿Cómo explicarte
que todavía bailas en mi memoria
con aroma a felicidad?
Que existen recuerdos
que no envejecen,
porque nacieron para desafiar al tiempo.
Tu nombre permanece
como la tinta invisible
con la que el destino
escribió los capítulos
que jamás aprendí a cerrar.
Eres memoria ancestral,
la certeza de un sueño
que alguna vez creí efímero;
la ausencia que aprendió
a respirar dentro de mi pecho,
el amor que nunca encontró su final,
porque algunos sentimientos
no terminan…
simplemente
se convierten en eternidad.
Y si algún día
el tiempo me preguntara
qué fue de nosotros,
respondería sin tristeza:
que hubo amores
que no nacieron para quedarse,
sino para enseñarnos
que incluso puede ser la forma más perfecta
de permanecer para siempre.