Donde la lluvia aprende mi nombre
La tarde no pregunta por mis heridas;
simplemente abre sus nubes
y deja caer un idioma de agua
que sólo los árboles parecen comprender.
Camino entre calles que olvidaron el sol.
Cada charco guarda un rostro distinto,
y en ninguno encuentro el mío,
porque hay nostalgias
que no aceptan el reflejo.
No sé qué ausencia me acompaña.
No tiene nombre,
ni fecha,
ni despedida.
Es apenas una sombra
que se sienta a mi lado
cuando el cielo se vuelve gris.
La lluvia golpea los balcones
como si quisiera despertar
los recuerdos que dejé dormidos.
Pero ellos permanecen inmóviles,
igual que viejas fotografías
cubiertas por el polvo de los años.
A veces creemos que el dolor
necesita un culpable,
cuando en realidad
nace del silencio,
de las palabras que jamás encontraron destino,
de los abrazos
que llegaron demasiado tarde.
Entonces comprendo
que no todas las tormentas
vienen a destruir.
Algunas lavan el cansancio,
otras riegan la esperanza,
y unas pocas
nos enseñan a escuchar
el rumor secreto del corazón.
Cuando la noche finalmente recoge sus nubes,
el mundo continúa húmedo,
pero ya no pesa igual.
Porque incluso la tristeza,
después de derramarse,
deja espacio
para que una pequeña luz
aprenda a regresar.
—Luis Barreda/LAB