¿Quién decidió que solo una madre puede hablar de la infancia?
¿Quién estableció que la experiencia pertenece únicamente a quien la vive en primera persona?
¿Por qué se cuestiona a quien no tiene hijos cuando reflexiona sobre la crianza y, al mismo tiempo, se juzga a quien sí los tiene? ¿De dónde nace esa necesidad de medir la vida de los demás con la propia?
Ayer escuchaba una conversación sobre la manera de educar a los hijos. Bastaron unos minutos para comprender que la infancia sigue siendo uno de los territorios donde más abundan las certezas.
Hubo un tiempo en que se creyó que la obediencia nacía del temor.
Hoy depositamos más confianza en el diálogo y en la educación emocional.
Entre una mirada y la otra, me pregunto si alguien ha encontrado una respuesta definitiva.
No escribo desde la maternidad.
Escribo desde la memoria.
Desde la hija que fui, desde la mujer que observa y desde la poeta que intenta descifrar aquello que escucha.
Crecí con una madre exigente, trabajadora y valiente. Como tantas mujeres de su tiempo, tomó decisiones con los recursos, las creencias y las circunstancias que tenía. Con los años entendí que criar nunca ha sido una fórmula exacta. Es un camino que padres e hijos recorren al mismo tiempo.
Pienso en aquellas mujeres que cosían, bordaban o tejían mientras la tarde transcurría despacio. Entre aguja e hilo no solo nacían prendas; allí circulaban historias, silencios, paciencia y maneras de mirar el mundo. Los padres, por su parte, llevaban a sus hijos al campo, al taller o al negocio familiar para enseñarles un oficio y despertar el sentido de la responsabilidad.
Aquellas escenas pertenecen a otra época.
Las nuestras conviven con pantallas, redes sociales, prisas y desafíos que nadie habría imaginado hace apenas unas décadas.
¿Cuál de esos caminos fue mejor?
No lo sé.
Tal vez esa no sea la pregunta.
Mientras deslizo el hilo entre los dedos y una labor empieza a dibujarse, entiendo que ningún tejido aparece terminado. A veces hay que deshacer varias vueltas para descubrir un modo más armonioso de continuar.
¿No ocurre algo parecido con la crianza?
Cada generación recibe un ovillo distinto. Algunas hebras llegan firmes; otras, desgastadas. Con ellas procura conservar lo que dio abrigo, reparar aquello que dejó cicatrices y entrelazar un legado más humano para quienes vendrán.
Mi trabajo me permite acompañar a personas mayores. Escuchar sus recuerdos ha ampliado mi manera de comprender la vida. Al final del camino casi nadie habla de los juguetes que tuvo ni de las notas del colegio. Hablan de un abrazo que llegó a tiempo, de una ausencia que nunca dejó de doler o de unas palabras que cambiaron para siempre la forma de mirarse.
Entonces descubro que el respeto se cultiva.
La ternura se aprende.
El amor se transmite.
Quizá por eso me cuesta entender la facilidad con la que juzgamos. Se cuestiona a quien tiene hijos y a quien decidió no tenerlos. A la madre que trabaja fuera de casa y a la que permanece en ella. Al padre severo y al demasiado flexible. Siempre encontramos un motivo para convertir la vida ajena en un veredicto.
Prefiero quedarme con una última inquietud.
Cuando las generaciones futuras miren hacia atrás, ¿qué clase de tejido encontrarán entre las manos que hoy estamos formando?
Azucena Ibatá Bermúdez