Tras mucho tiempo de negociar con mis sombras en calma,
descubrí que mis luces pedían ser compartidas por fin.
Me lancé a la red, a la forma moderna que dicta el alma,
buscando un refugio digital en medio de este confín;
pues nunca fui experta en el arte de la conquista,
y preferí confiar al algoritmo lo que el corazón no sabía de vista.
Llegó por fin el día, el instante de encontrarnos,
los nervios, a flor de piel, danzaban en mi ser,
pero guardaba una certeza, un faro entre mis manos:
que a mi vida llega siempre lo mejor al florecer.
Así me senté a la mesa, con mi protocolo y mi mano firme,
sin saber que el azar ya estaba empezando a escribirme.
Alzo la vista y apareces,
con la ansiedad bailando en tus dedos,
con una sonrisa que no sabe mentir,
y un deseo de acercarte que te hizo perder el centro.
Hubo un choque, un tropezón, un saludo desordenado,
la física se rompió para dejarnos entrar al presente.
¿Quién dijo que el encuentro de dos almas debe ser un guión ensayado?
Fue más real tu tropiezo que cualquier palabra elocuente.
Hablamos de familia, de proyectos, de rutas y de vida,
mientras yo, con calma, observaba tu alma desnuda.
Ya no busco el fuego fatuo de la llama que se olvida,
busco esta paz de hombre bueno, sin juegos, ni dudas.
¿Habrá segunda cita?, preguntaste con la mirada baja,
temiendo que mi juicio fuera un muro de cristal.
Y te dije que sí, con la certeza de quien trabaja
en construir, por fin, un puerto seguro y real.
La noche se apagó con una despedida cordial y serena,
cada uno ya en su hogar, en su espacio, en su propia calma,
buscando el refugio de su hobby favorito, esa pequeña vena,
donde la vida sigue latiendo en el centro de las posibilidades.